Los Borgia

Los Borgia fueron una de las familias italianas más importantes y poderosas entre los siglos XV y XVI. De origen español (su apellido era originalmente Borja, aunque incluso en su país se les conoce por el apellido italianizado), sus detractores y adversarios políticos los retrataron a menudo como monstruos capaces de cualquier maldad. Lo cierto es que usaron todos los medios para acrecentar el poder de su casa.

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Alonso de Borja, el papa Calixto III

La familia Borja ya era poderosa en el Reino de Valencia en el siglo XIV. Alonso de Borja hizo carrera diplomática en la corte de Aragón y en 1429 fue nombrado obispo de Valencia. Hacia mediados del siglo XV se trasladó a Nápoles al servicio del rey Alfonso V y fue nombrado cardenal en 1444. Decidió entonces abandonar sus compromisos políticos y dedicarse exclusivamente a la carrera eclesiástica. En 1455 fue elegido papa con el nombre de Calixto III, y su familia se reunió con él en Roma. Durante su pontificado favoreció la carrera eclesiástica de sus dos sobrinos: Luis Juan del Milà y Rodrigo de Borja.

Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI

Rodrigo se doctoró en derecho canónico en Bolonia y, gracias a la influencia de su tío, fue nombrado cardenal a los 25 años. Desde entonces vivió como un príncipe: su corte personal contaba con 113 personas e hizo construir, como sede de la Cancillería Apostólica, uno de los palacios más bellos de Roma, el Palazzo Sforza Cesarini. En 1492 fue elegido papa con el nombre de Alejandro VI.
Rodrigo tuvo muchos hijos, algunos con mujeres que no conocemos. Tres de ellos, Pedro Luis, Isabel y Jerónima, antes de su ascenso eclesiástico; César, Juan, Lucrecia y Jofré, sus favoritos, cuando ya era cardenal. La madre de estos últimos fue la mantuana Vannozza Cattanei, muy bella, de tez clara y cabello rubio, como su hija Lucrecia. Nos llega una imagen suya en un retrato que se le atribuye, conservado en la Galleria Borghese de Roma. Pero Vannozza fue también una empresaria libre y sin escrúpulos que regentaba varias posadas en Roma, donde nobles influyentes se detenían no solo a comer, sino también a frecuentar prostitutas; según algunas fuentes, ella misma había empezado ejerciendo ese antiguo oficio. En aquella época, Roma era la ciudad de las cortesanas para los muchos hombres solteros que vivían en ella: guardias del ejército papal, sacerdotes y seminaristas. La relación del papa con la Cattanei duró unos veinte años, aunque ella contrajo entretanto tres matrimonios, organizados para salvar las apariencias.

 

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En aquella época se fingía ignorar los amores de los altos cargos eclesiásticos y sus hijos ilegítimos, pero existía la prohibición de concebir hijos durante el pontificado, una norma que Alejandro VI ignoró.
Rodrigo tuvo otra hija el año en que fue elegido papa, Laura Orsini, de la jovencísima Giulia Farnese, hija de ricos terratenientes del norte del Lacio y de la misma edad que su hija Lucrecia. La familia ganó prestigio gracias a la relación que Giulia, a los quince años, mantuvo con el papa, que tenía 58. No hay ningún retrato seguro de Giulia, también conocida como «la Bella» o, como la apodó el pueblo romano con su cinismo característico, «la Esposa de Cristo». Hay quien la reconoce en la Transfiguración de Rafael, otros en la escultura de la Justicia al pie del monumento fúnebre de su hermano, el papa Pablo III, en San Pedro, pero la representación más probable es una pintura de Pinturicchio en la que el papa Alejandro VI aparece inclinado a los pies de su amante, representada como la Virgen con el Niño en brazos. Giulia, que estaba casada, llegó a ser amenazada de excomunión por su amante cuando quiso visitar a su marido en Bassanello: en un ataque de celos, el papa le prohibió ir a dejarse embarazar por aquel semental de su marido.

Alejandro VI concibió otros dos hijos durante su pontificado. Uno de ellos fue Juan, conocido como el Infans romanus, protagonista desde su nacimiento de una historia controvertida que primero lo hizo pasar por hijo ilegítimo de Lucrecia y de un joven amante español al servicio de su padre, luego por fruto de un incesto entre el papa y Lucrecia y, por último, por hijo del papa y de una mujer casada. Mediante dos declaraciones contradictorias, una de ellas secreta, Alejandro VI logró eludir la ley que impedía a los papas reconocer hijos ilegítimos y dejar al niño el ducado de Nepi. Según otros historiadores, sin embargo, la paternidad del niño podría atribuirse a otro Borgia,

Francisco, cardenal de Cosenza.

Por su conducta privada y política, el papa Alejandro VI fue duramente criticado por sus adversarios y, sobre todo, por Savonarola, el predicador dominico que murió en la hoguera en 1498 acusado de herejía.
Martín Lutero, que estuvo en Roma en 1510, pocos años después de la muerte de Alejandro VI, y conoció los usos de la corte papal, llegó a escribir: «Si existe el infierno, Roma está construida sobre él».
Las causas de la muerte del papa Alejandro VI, ocurrida en 1503, siguen sin estar claras. Es muy probable que fuera envenenado, aunque las fuentes oficiales atribuyeron la muerte a las fiebres tercianas, una enfermedad infecciosa transmitida por el mosquito anofeles.

Lucrecia Borgia

Entre los descendientes del papa Alejandro VI, un papel protagonista lo tuvo sin duda su hija Lucrecia, figura simbólica de una época de luces y sombras.
La Italia del siglo XVI era un territorio relativamente pequeño, fragmentado en una infinidad de estados y pequeños territorios sin ninguna posibilidad de resistir militarmente el afán de conquista de dos enormes fuerzas políticas enfrentadas: el Reino de Francia y el de España. Para nuestro país fue una época de gloria intelectual y maravillas artísticas, pero también de relaciones políticas turbias y criminales.
Nacida en Subiaco en 1480, Lucrecia fue dada en matrimonio a los trece años, por razones políticas, a Giovanni Sforza, que tenía veintiséis y ya era viudo. En su suntuosa fiesta de bodas participó también la amante de su padre, Giulia Farnese, de su misma edad. Cuatro años después, el papa hizo anular el matrimonio con Sforza porque lo consideraba un aliado político ineficaz y a menudo le reprochaba no defender lo suficiente los intereses de la familia. Al enterarse de un plan para quitarlo de en medio, Giovanni aceptó firmar un documento en el que afirmaba no haber consumado el matrimonio por ser impotente, pero, una vez lejos de los Borgia, acusó al papa de incesto con su hija.

 

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Pronto los rumores sobre una relación incestuosa de Lucrecia alcanzaron también a su hermano César, uno de los hombres más crueles, decididos y brillantes de su tiempo. A él dedicó Maquiavelo el capítulo séptimo de El príncipe, con afirmaciones como que hay maldades y crueldades apreciables si se usan en interés general.
En 1498, justo después de la anulación del matrimonio con Sforza, Lucrecia se vio envuelta en un nuevo escándalo. En el Tíber aparecieron los cadáveres de una de sus damas y de Pedro Calderón, llamado Perotto, un español de 22 años, camarero del papa. El joven había visitado muchas veces a Lucrecia en el convento al que ella se había retirado tras el fin de su matrimonio, y se rumorea que ella quedó embarazada. Pero al mismo tiempo su padre y su hermano César negociaban su segundo matrimonio con Alfonso de Aragón, y nada podía interponerse en la boda.
Las crónicas cuentan que César persiguió al joven por los pasillos del palacio pontificio mientras el papa estaba reunido con los cardenales. Perotto llegó a la sala de la reunión y se arrojó a los pies del papa implorando su gracia, pero César lo atravesó por la espalda y su sangre salpicó la túnica blanca del pontífice.

Ese mismo año, Lucrecia se casó con Alfonso y demostró que sabía manejar los asuntos políticos y el gobierno de las ciudades de Spoleto y Foligno, que le habían sido confiadas. El matrimonio transcurrió tranquilo hasta que, en 1500, Alfonso sufrió una emboscada que le dejó graves heridas en la cabeza y las extremidades. El instigador fue de nuevo César Borgia que, tras un cambio de alianzas políticas e intercambios de favores con la corona francesa (el papa anuló el matrimonio del rey Luis XII para permitirle casarse con Ana de Bretaña, y César se casó con una noble francesa y obtuvo el título de duque de Valentinois, por lo que lo apodaron el Valentino), consideraba ya inútil la alianza con España y, con ella, el matrimonio de Lucrecia, que debía quedar libre para una nueva alianza matrimonial.
Lucrecia cuidó de su marido día y noche y, por miedo a que lo envenenaran, le preparaba ella misma la comida. Pero cuando Alfonso se estaba recuperando, la hicieron salir de la habitación con un engaño y el sicario de su hermano lo estranguló.

 

César acompañó después el descenso del rey Luis de Francia a Italia y se convirtió en duque de la Romaña, y para mantener el control de los territorios que gobernaba recurrió a métodos expeditivos: conspiraciones, asesinatos y traiciones.
Lucrecia, tras un período de luto y enfermedad, se alejó de su padre y de su hermano y se fue a Nepi con su hijo Rodrigo, nacido de su matrimonio con Alfonso. De vuelta en Roma, rechazó la propuesta de matrimonio del conde de Gravina porque, como ella decía, sus maridos tenían mala suerte.
Antes del tercer y último matrimonio de Lucrecia, con Alfonso de Este, durante los preparativos y las negociaciones prenupciales en las que ella participó activamente, se produjo otro episodio que arrojó una luz siniestra sobre la relación que la unía a su padre y sobre las costumbres de la corte papal. Fue un banquete orgiástico celebrado el 31 de octubre de 1501, conocido como el Banquete de las Castañas, relatado con gran detalle, y sin juicios personales, en el diario de un notario apostólico de la corte papal, Johannes Burckard. Un estudioso cree que se trataba de rituales prenupciales de la época que, para la sensibilidad moderna y por la participación de altos cargos eclesiásticos, resultan del todo inapropiados, pero el episodio describe bien al papa como soberano en todos los sentidos, con su estado, su corte y su inmenso poder, en una época en la que habían caído muchas referencias morales.

Tras su tercer y último matrimonio con Alfonso de Este, Lucrecia se trasladó a la espléndida Ferrara, sede de una de las cortes más cultas de Europa. El padre de Alfonso, el duque Hércules, no veía con buenos ojos el matrimonio por la mala fama de Lucrecia, pero no le disgustó al papa, que favoreció la unión de las dos familias dotando a Lucrecia de una cuantiosa dote. Gracias a su diplomacia, sus modales refinados y su atractivo, Lucrecia venció pronto la resistencia de su suegro y, mujer culta como era, reunió en aquella corte un círculo con la élite intelectual de la época, en el que figuraban nombres como Ludovico Ariosto, Pietro Bembo y Ercole Strozzi. En Ferrara, durante las ausencias de su marido, gobernó muy bien el ducado, se acercó con fervor religioso a la Tercera Orden franciscana, llevó cilicio y fundó también el Monte de Piedad de Ferrara.
Durante su regencia del ducado, los rumores sobre ella desaparecieron, para reaparecer después de su muerte. A los 39 años, todavía muy bella, dio a luz a una niña prematura que murió poco después. Lucrecia no sobrevivió y murió el 24 de junio de 1519. Fue enterrada, como había pedido, según la tradición de las terciarias franciscanas, su último gesto de redención.