Catacumbas de los Capuchinos de Palermo: la niña que duerme desde hace cien años

Las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo son un lugar donde la muerte no se esconde. No está encerrada en ataúdes, ni cubierta por losas de mármol, ni relegada a un cementerio en las afueras. Está ahí, a un brazo de distancia de tu cara, colgada de las paredes, vestida con sus mejores galas, y te está mirando.

Las Catacumbas de los Capuchinos se encuentran bajo el convento anexo a la iglesia de Santa Maria della Pace, en el barrio de la Cuba. No son catacumbas en el sentido romano: no son espacios de culto paleocristianos excavados en la toba. Son un cementerio. Un cementerio vertical, donde los muertos no yacen sino que están de pie, alineados a lo largo de pasillos húmedos y silenciosos, ordenados por sexo, profesión y rango social, como invitados a una recepción que dura ya cuatro siglos.

Y es allí, al final del último pasillo, dentro de una urna de cristal sellada, donde duerme una niña de dos años. Parece que estuviera durmiendo la siesta. Tiene rizos dorados sujetos con un lazo amarillo, mejillas que todavía parecen suaves y los ojos cerrados con la serenidad de quien tiene un sueño tranquilo. Murió en 1920. Se llama Rosalia Lombardo, y los palermitanos la llaman la Bella Durmiente.

Cómo nació un cementerio de fantasmas vestidos

Todo empezó por casualidad. En 1599, durante unas obras de ampliación del convento, los frailes capuchinos descubrieron que varios hermanos enterrados en las cámaras subterráneas se habían momificado de forma natural gracias a las condiciones excepcionales de temperatura y humedad del subsuelo. El primer cuerpo hallado intacto fue el de fray Silvestro da Gubbio, sepultado el 16 de octubre de aquel año.

La noticia corrió rápido, y con ella llegó una petición que los frailes no esperaban: la nobleza de Palermo quería ser enterrada allí. No bajo tierra, encerrada en una caja. Expuesta. Visible. Vestida. Reconocible. Querían que sus familias pudieran volver a visitarlos, mirarlos a la cara, hablarles como si siguieran vivos. A cambio, ofrecían generosas donaciones al convento.

Los capuchinos aceptaron, y en pocas décadas el espacio subterráneo se transformó en algo sin parangón en el mundo. Los frailes perfeccionaron un método de momificación natural: los cuerpos se desecaban en cámaras especiales llamadas colatoi durante unos ocho meses, después se lavaban con vinagre, se vestían con su mejor ropa y se colocaban a lo largo de las paredes de los pasillos, en nichos o colgados de ganchos. Algunos se depositaban en ataúdes abiertos, a medio camino entre el sueño y la exhibición.

Del siglo XVII al XIX, miles de personas —frailes, aristócratas, profesionales, soldados, mujeres, niños— eligieron esta forma de sepultura. Hoy las catacumbas albergan unos 8000 cuerpos. Ocho mil personas que nunca se fueron.

Los pasillos de los vivos

Bajar a las catacumbas es una experiencia que no se olvida. No por el horror —o no solo por él—, sino por la extraña intimidad que se crea entre tú y los muertos. No son anónimos. Tienen ropa, posturas, expresiones. Algunos parecen sonreír. Otros tienen la boca congelada en un grito mudo que dura desde hace siglos.

Los pasillos se organizan según una lógica que refleja la estructura social del Palermo de la época. Está el pasillo de los sacerdotes, el de los profesionales, el de los soldados. Está la galería de las mujeres, muchas de las cuales aún llevan sus mejores vestidos —sedas, encajes, cofias bordadas—, desvaídos por el tiempo pero todavía reconocibles. Y está el pasillo de los niños, el más difícil de recorrer: hileras de cuerpecitos vestidos como para una fiesta, con lazos en el pelo y zapatitos en los pies, testigos silenciosos de una época en que la mortalidad infantil era la norma y casi todas las familias lloraban al menos a un hijo.

Las catacumbas eran una parada obligada del Grand Tour. Guy de Maupassant las visitó y escribió sobre ellas. Viajeros de toda Europa bajaban a esos pasillos con la misma curiosidad morbosa y el mismo temor reverencial que sienten hoy los visitantes. Hay algo profundamente palermitano en esta relación sin filtros, cara a cara, con la muerte: sin eufemismos, sin distancia, sin fingimiento. Los muertos están ahí, y tú estás ahí con ellos.

 

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Alfredo Salafia y la fórmula perdida

El cementerio se cerró oficialmente en 1880. A partir de entonces, en teoría, no podían admitirse más cuerpos. Pero las normas, en Palermo, siempre han tenido cierta flexibilidad.

En 1911 se hizo una excepción con Giovanni Paterniti, vicecónsul de Estados Unidos. Y en diciembre de 1920 se hizo otra —la última— con una niña que aún no había cumplido dos años.

Rosalia Lombardo nació el 13 de diciembre de 1918 en una familia acomodada de Palermo. Murió el 6 de diciembre de 1920 de neumonía, una de las innumerables víctimas de la gripe española y sus secuelas. Su padre, Mario Lombardo, quedó destrozado. Se negó a aceptar que el cuerpo de su hija desapareciera bajo tierra. Quería seguir viéndola. Quería que se quedara.

Recurrió a Alfredo Salafia, un embalsamador palermitano que llevaba años perfeccionando un método innovador para conservar restos humanos. Salafia ya había trabajado con figuras ilustres: el cardenal Michelangelo Celesia, el estadista Francesco Crispi, el etnólogo Giuseppe Pitrè. Pero la pequeña Rosalia se convertiría en su obra maestra.

Salafia realizó una única inyección intravascular con una fórmula de su invención: formol, glicerina, sales de zinc, alcohol y ácido salicílico. En el rostro añadió un tratamiento de parafina disuelta en éter para mantener las mejillas suaves y el aspecto de una niña viva. Después colocó a la pequeña en un ataúd con tapa de cristal y la confió a los capuchinos.

Salafia murió en 1933 y se llevó su secreto a la tumba. Durante décadas nadie pudo reproducir el resultado. Se creía que la fórmula se había perdido para siempre, hasta que el paleopatólogo mesinés Dario Piombino-Mascali, tras ocho años de investigación, logró localizar el manuscrito original a través de Anna, bisnieta de Salafia. Treinta páginas manuscritas tituladas Nuovo Metodo Speciale per la conservazione del cadavere umano intero allo stato permanentemente fresco («Nuevo método especial para la conservación del cadáver humano entero en estado permanentemente fresco»). Solo el título ya es un poema.

La niña que abre los ojos

Hay un detalle que ha alimentado leyendas durante décadas. Algunos visitantes, a lo largo de los años, han jurado que Rosalia abre y cierra los ojos. Los párpados parecen moverse de forma casi imperceptible, como si la niña estuviera a punto de despertar.

La explicación, ofrecida por los científicos que han estudiado la momia con TAC y rayos X, es menos milagrosa pero no menos fascinante: se trata de una ilusión óptica provocada por la luz que entra por las ventanas de la cripta y por el ligero cambio de ángulo cuando la mirada del visitante se encuentra con el rostro de la niña. Los párpados no están del todo cerrados: dejan ver un atisbo de iris azul, intacto después de más de un siglo. Al cambiar la luz, la ilusión de movimiento es inevitable.

Pero intenta explicárselo a un palermitano. Rosalia abre los ojos, y punto. Y quizá, en cierto modo, tenga razón.

 

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Por qué las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo no son una casa del terror

Sería fácil despachar las Catacumbas de los Capuchinos como una atracción macabra, una curiosidad para turistas en busca de emociones fuertes. Sería un error.

Lo que se respira en esos pasillos es algo mucho más complejo: la relación que toda una ciudad ha construido con sus muertos a lo largo de los siglos. Una relación hecha de cercanía, de cuidado, de conversación. Las familias palermitanas bajaban con regularidad a las catacumbas para cambiar la ropa de sus seres queridos, arreglarles el pelo, rezar ante ellos como se reza ante un pariente sentado en un sillón. Aquí la muerte no era una ruptura. Era otra forma de presencia.

Es el mismo espíritu que anima el Cementerio de las Fontanelle de Nápoles, otra expresión extraordinaria de la relación del sur de Italia con los muertos. Es el mismo espíritu que recorre el Día de los Difuntos en Sicilia, cuando los niños reciben regalos de sus familiares fallecidos. Es un sur de Italia que nunca ha aceptado la idea de que la muerte ponga fin a la relación.

Si lugares como este te fascinan, si buscas una Italia que vaya más allá de las postales, Italy Trails ofrece itinerarios autoguiados que llegan a los rincones más inesperados de Sicilia, donde la historia no está en los museos, sino en las piedras, en el subsuelo, en los rostros.

Visitar las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo

Las Catacumbas de los Capuchinos están en Piazza Cappuccini 1, en el barrio de la Cuba de Palermo, a pocos minutos a pie del Palazzo dei Normanni. Abren todos los días. La visita dura unos cuarenta minutos, pero vale la pena tomarse más tiempo. No es un lugar para recorrer con prisa.

La capilla de Rosalia Lombardo está al final del primer pasillo. Hoy la niña se conserva en una urna sellada y saturada de nitrógeno que garantiza su preservación. No se permite hacer fotos, pero no las necesitarás: una vez que hayas visto ese rostro, no lo olvidarás.

Palermo es una ciudad que guarda sus secretos bajo tierra: bajo las iglesias, bajo los palacios, bajo la corteza ruidosa y vital de la superficie. Las catacumbas son quizá el más poderoso de esos secretos. Para explorar Sicilia con otros ojos, descubre los itinerarios de Italy Trails.

Ocho mil cuerpos vestidos de fiesta. Cuatro siglos de muertos que no se marchan. Y una niña de rizos dorados que, desde hace ciento seis años, parece a punto de abrir los ojos y preguntar adónde se han ido todos.

 

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