La familia Florio, cuya historia se entrelazó durante unos ciento cincuenta años con el nacimiento de Italia, era originaria de Bagnara Calabra y llegó a Palermo tras el devastador terremoto de 1783, con ganas de hacer fortuna. En poco tiempo, y partiendo de la nada, construyó un auténtico imperio económico, convirtiéndose en capitanes de industria con miles de empleados y propietarios de un patrimonio inmenso.
A finales del siglo XVIII, Palermo era la capital de un reino borbónico marítimo que debía tratar con la potencia dominante del momento, Inglaterra, con la que, sin embargo, mantenía buenas relaciones económicas. En la Via dei Materassai, Paolo Florio abrió una tienda de especias, drogas y productos coloniales, llamada L’Aromateria. Eran mercancías preciosas y el contexto era favorable. Además del rey y su corte, había muchos comerciantes y empresarios ingleses que movían grandes sumas de dinero, y los negocios iban bien. Hacia 1800 no había en la ciudad una tienda como la de los Florio por la cantidad de mercancías que movía. En 1807 Paolo Florio murió, dejando todos sus bienes en herencia a su hijo Vincenzo, que solo tenía ocho años. Se llamó desde Calabria al hermano de Paolo, Ignazio, y a partir de 1808 el negocio tomó el nombre de Ignazio e Vincenzo Florio.
Vincenzo se convirtió pronto en uno de los principales exponentes de la burguesía siciliana, y la familia se sintió muy atraída por el mundo aristocrático: su hijo Ignazio se casó con la baronesa Giovanna d’Ondes Trigona, de cuyo matrimonio nacerían Ignazio Junior y Vincenzo.

Vincenzo emprendió numerosas actividades comerciales, ampliando primero la gama de productos de su tienda más allá de las especias, a tejidos, cobre y otros artículos. Al puerto empezaron a llegar barcos con cargamentos destinados solo a su Aromateria. Este bienestar le permitió ampliar sus negocios y aprovechar las riquezas que Sicilia ponía a su disposición. Se dedicó a la producción de vinos, como el famoso Marsala que lleva su nombre. Su bodega estaba junto a las de conocidos comerciantes ingleses como Ingham y Woodhouse. Con Ingham fundó una compañía naviera y juntos extendieron sus intereses al azufre, para la comercialización del ácido sulfúrico y otros derivados. En 1874 su hijo Ignazio compró las islas Egadas, con Favignana, Levanzo y Marettimo, y las almadrabas de Favignana y Formica; los Florio inventaron además un nuevo método de conservación del atún: sustituyeron la conservación tradicional de la carne cruda en sal por la cocción y la conservación en aceite, un método que todavía se utiliza hoy.
Se abrieron la fundición Oretea y una hilandería que empleaba a 700 trabajadores, con comedor y guardería, según un modelo anglosajón, pero Sicilia aún no estaba preparada para la modernidad de la empresa ni para el trabajo femenino, y esta experiencia, por desgracia, fracasó en poco tiempo.
El 11 de mayo de 1860 desembarcaron en Marsala los Mil de Garibaldi y comenzó la conquista de Sicilia. La empresa contó con el apoyo de Francesco Crispi y de Vincenzo Florio, que se beneficiaría de ella para su tráfico marítimo y sería nombrado senador. Vincenzo murió en 1868 y dejó a sus hijas y a su hijo Ignazio una fortuna enorme para la época.
En 1891 murió también Ignazio, y su hijo Ignazio Junior, que entonces tenía 23 años, tomó las riendas de la empresa junto a su hermano menor, Vincenzo, que se convertiría en un gran impulsor del prestigio de la familia gracias a una mentalidad empresarial muy moderna, capaz de unir sus intereses económicos con el mundo de la política y las finanzas, pero también con el potencial de su querida tierra.
Ignazio Junior se casó en 1893 con Franca Jacona della Motta, a la que D’Annunzio llamó «la Única» y a quien todos conocían como Donna Franca, una noble que pronto se convirtió en figura central de la Belle Époque siciliana, famosa por su belleza, su conversación inteligente y su vida mundana.

Tuvieron cinco hijos, de los que solo sobrevivieron Igiea y Giulia.
Ignazio Junior tuvo que enfrentarse pronto a un mundo profundamente cambiado. El reino borbónico y su antiguo régimen habían dejado paso a un Estado unitario centralista, relativamente moderno, pero culturalmente muy lejano del sur de Italia. Fueron años de incertidumbre y tensiones sociales que se reflejaron también en los negocios. Los años noventa se abrieron con una crisis muy grave para la actividad naviera de los Florio. El gobierno decidió revisar y restringir los convenios con la Navigazione Generale Italiana, y el puerto de Palermo, que ya venía perdiendo cuota comercial en favor de Nápoles y Génova, corría el riesgo de cerrar.
Los barcos eran viejos y necesitaban un mantenimiento constante. Las inspecciones se sucedían y toda la política de los Florio se puso en tela de juicio. Ignazio Junior reaccionó y en 1896 inició la construcción de nuevos astilleros en Palermo, devolviendo la industria naval siciliana al panorama nacional. Fue una obra gigantesca, posible gracias a los convenios con el Estado, que se renovaron, aunque cada vez menos ventajosos. Después tuvo que afrontar la crisis crónica por la sobreproducción de azufre, y lo hizo comprometiéndose a comprar, junto con otros industriales británicos, toda la producción siciliana durante cinco años.
En 1897 se inauguró el Teatro Massimo, en cuya construcción los Florio habían participado con su capital.
Donna Franca, elegantísima, estuvo presente en la inauguración y eclipsó a las damas inglesas, como una verdadera reina. Palermo volvía a ser capital de la cultura y de la vida mundana. Testas coronadas como el káiser Guillermo II y Eduardo VII volvieron a Palermo, y Donna Franca los recibía en sus famosas cenas o los alojaba en sus villas.

Ignazio Junior compró también el sanatorio del profesor Vincenzo Cervello y lo transformó en el Hotel Villa Igiea, gracias al arquitecto Basile, que diseñó también el bellísimo mobiliario, mientras que los frescos modernistas fueron obra del pintor Ettore De Maria Bergler, autor también de uno de los muchos retratos de Donna Franca. Otro pintor, Boldini, realizó un retrato suyo muy famoso, del que hizo además otras versiones: la primera, considerada demasiado atrevida, despertó los celos de su marido.
En esos mismos años su hermano Vincenzo, creativo (también era pintor y diseñador) y dotado de una mentalidad muy moderna, orientada a lo que hoy llamamos marketing, creó en 1906 la Targa Florio, una de las carreras de coches más antiguas del mundo, convencido de que Sicilia podía relanzarse también gracias a un sistema económico distinto, como el turismo. La Targa Florio no era solo una prestigiosa carrera automovilística, sino una forma de dar a conocer su tierra y de poner en contacto a empresarios y artesanos sicilianos con el resto del mundo. En 1907 organizó también la primera Vuelta ciclista a Sicilia, en ocho etapas, llevando a los ciclistas a Palermo en un barco que zarpó del puerto de Génova. El primer Giro de Italia se celebró en 1909.

En 1908, un terrible terremoto devastó Mesina. Ignazio y Donna Franca acudieron a ayudar: mientras él excavaba entre los escombros, su esposa atendía a los heridos.
En 1910 Vincenzo organizó la semana aeronáutica de Palermo, una carrera de aviones que tuvo lugar en Mondello, y en 1913 volvió a competir en la Targa Florio. Ese mismo año se inauguró el imponente balneario de Mondello, que sustituyó a las casetas provisionales de la playa, y un tranvía y un vaporetto unían la ciudad de Palermo con Mondello.

Pero en 1915 Italia entró en la guerra y, al terminar el conflicto, Palermo ya no era la misma. Ignazio y Franca intentaron volver a la normalidad pero, a pesar de sus innumerables empresas, su grupo financiero ya no era tan poderoso como a principios de siglo. Después de la guerra era el Norte quien dictaba las estrategias del desarrollo industrial de Italia.
La Targa Florio, en cambio, vivió un momento de esplendor en los locos años veinte. Peugeot, Mercedes, Maserati, Alfa Romeo, Bugatti: todos competían en la Targa, porque ganarla significaba tener el coche más sólido del mundo. Los técnicos que trabajaban en boxes eran los mejores conocedores de la mecánica moderna. Bugatti ganó cinco años seguidos, de 1925 a 1929, porque contaba con grandes campeones al volante (e incluso con una mujer), pero fue un piloto en particular, que pronto se convertiría en leyenda, quien enardeció al público: Tazio Nuvolari. Sicilia cambiaba, pero el público seguía acudiendo en masa a la carrera, y Vincenzo Florio estaba siempre presente en su prueba.
Pero las deudas seguían aumentando, e Ignazio tuvo que vender propiedades y empresas, que se convirtieron en dinero para acreedores e hipotecas. A partir de 1921 todo su imperio económico fue desapareciendo poco a poco, y los Florio lo perdieron casi todo. Entre las propiedades ligadas a la familia destaca la Villa Arenella, residencia de Vincenzo, la primera de las grandes obras arquitectónicas encargadas por la casa Florio, reformada por el arquitecto Carlo Giachery, que aún hoy tiene un enorme valor histórico.
Conocida como Quattro Pizzi por sus torrecillas angulares de estilo gótico, en 1845 acogió al zar Nicolás I y a su familia, llegados a Palermo con un séquito numerosísimo. La zarina Alejandra quedó tan impresionada que hizo reproducir fielmente su salón más luminoso en San Petersburgo, llamándolo Sala Arenella. En la villa se conservan objetos de la familia, como muebles e incluso los armarios de la tienda de la Via dei Materassai, que contenían las preciadas especias que hicieron la fortuna de la familia.