En los Campos Flégreos, en el golfo de Pozzuoli, a poca distancia de Nápoles, se encuentra un sorprendente parque arqueológico submarino: la ciudad romana de Baia. Es uno de los yacimientos arqueológicos menos conocidos, pero en realidad fue uno de los lugares más importantes del Imperio.
Exclusivo lugar de veraneo, conocido ya desde el siglo I a. C., reunía villas lujosas y enormes de la nobleza romana, que acudía allí para conspirar lejos de las miradas vigilantes del Senado, holgazanear olvidando sus compromisos en la capital, celebrar banquetes y entregarse a toda clase de placeres. Séneca describe a borrachos tambaleándose por el puerto y música por todas partes, procedente de las barcas de la bahía donde se celebraban fiestas y de las villas en tierra firme. Un dicho de la época afirmaba que a Baia los viejos iban a rejuvenecer y los jóvenes a comportarse como muchachas. Allí se venía a buscar el placer, pero lo que pasaba en Baia se quedaba en Baia.
Algunos de los nombres más importantes de la historia romana, como César, Cicerón, Marco Antonio, Bruto y Nerón, tuvieron villas en Baia. Las ruinas en superficie nos hablan de este glorioso pasado, pero más de la mitad de esta gran ciudad está bajo el agua: 177 hectáreas de estructuras arqueológicas sumergidas, con calles, kilómetros de muros de ladrillo, suelos de mármoles preciosos de todos los rincones del Imperio, estatuas y bellísimos mosaicos.
Lo que más ha sorprendido a los arqueólogos es la ausencia de edificios públicos: no hay foro ni templos, solo los restos de enormes villas de lujo, una tras otra.
El lujo y la ostentación de la riqueza en Baia
El cercano yacimiento arqueológico de Pausilypon, en Posillipo, nos da una idea de cómo debía de ser la antigua ciudad de Baia. Las villas marítimas no estaban formadas por una única gran estructura, sino por todo un complejo de edificios: cada una era una especie de ciudad en miniatura, con teatros capaces de acoger a cientos de personas, refinadas decoraciones pictóricas y escultóricas y juegos de agua.
También en Positano, en la Costa Amalfitana, hay una gran villa romana que puede darnos más información sobre el lujo de las villas romanas de Baia. Se baja varios metros bajo tierra para entrar en un comedor ricamente pintado al fresco, con colores muy vivos y costosos, que representa escenas marinas y animales fantásticos, con estucos que sobresalen y parecen cobrar vida en las paredes. Incluso el mobiliario son obras de arte, y el conjunto es una gran exhibición de riqueza.
Algunas villas tenían incluso viveros de peces y de ostras que permitían disfrutar siempre de productos frescos, pero que eran también un símbolo de la riqueza y del estatus social de los aristócratas romanos.
Además de por su belleza natural, este lugar era especialmente apreciado por sus aguas minerales calientes, y cada villa frente al mar tenía su propio complejo termal. Los ingenieros romanos aprovechaban el calor de las fuentes volcánicas para calentar el agua de los baños.

En las termas que se conservan en la zona de la colina se pueden admirar varios complejos arquitectónicos, entre ellos el Templo de Mercurio, que no era un lugar de culto sino un frigidarium (donde uno se refrescaba después de la sauna), dominado por una espléndida cúpula, una de las cúpulas de hormigón más antiguas del mundo, que precede en alrededor de un siglo a la del Panteón de Roma. La importancia de Baia reside también en la innovación técnica y arquitectónica de sus termas.
A pesar de la abundancia de agua termal, el agua dulce escaseaba, por lo que los romanos construyeron la Piscina Mirabilis («piscina admirable»), situada en Bacoli, una de las cisternas más grandes del Imperio, depósito final del acueducto augusteo, que servía para abastecer de agua a la flota de Miseno y a los barcos del puerto, para lavar, cocinar y también para los numerosos y espectaculares juegos de agua de las villas.
El Ninfeo de Claudio
En una de estas villas sumergidas se encontró una sala llena de espléndidas estatuas de mármol muy bien conservadas. Como no había edificios públicos, el espacio debía de pertenecer a una residencia privada lujosísima. Para salvarlas del deterioro, las estatuas se sacaron a la superficie, se restauraron y bajo el agua se sustituyeron por copias.

Se inspiran en los modelos de la estatuaria griega y eran el tipo de obras que la élite romana adoraba exhibir en sus casas. Los arqueólogos han establecido que aquel espacio ricamente decorado era un ninfeo, una gruta artificial dedicada a las ninfas del agua, pero también un lugar fresco y agradable donde los invitados acudían a celebrar banquetes. Al ninfeo se accedía por un canal que terminaba en la sala formando una piscina, rodeada de lechos de banquete donde los invitados se recostaban para comer. Medía dieciocho metros de largo y nueve de ancho, y las estatuas se colocaban en grandes hornacinas en las paredes. En la pared del fondo, un ábside albergaba un grupo escultórico del ciclo de la Odisea: Ulises emborrachando a Polifemo. Por desgracia, la estatua de Polifemo no se ha encontrado y las demás están en parte dañadas por los moluscos que habitan las rocas.
Otra estatua del ninfeo, conservada hoy en el Castillo de Baia (que según la tradición oculta en sus cimientos la villa de Julio César), esculpida con una diadema en la cabeza, el rostro absorto y una túnica que crea un bello juego de pliegues, nos da una pista valiosa sobre el propietario de la villa: la estatua representa a Antonia la Menor, madre del emperador Claudio, sobrino nieto del primer emperador, Augusto. Era la villa del emperador Claudio.
La villa de Nerón y la vida en Baia
También Nerón tenía una suntuosa villa en Baia y gastaba fortunas en banquetes, como cuenta el historiador Tácito. En esos banquetes no solo se comía: también abundaban los excesos de todo tipo.
Como nos cuenta Suetonio, Nerón estaba tan ligado a Baia que empezó a codiciar también las villas de otros nobles, como la de su tía Domicia, que tenía un envidiable vivero de peces. Cuando su tía enfermó, probablemente fue Nerón quien adelantó su final, y así se encontró dueño de la villa imperial heredada de Claudio y de la de su tía. Desde aquí gobernaba el Imperio, pero también se entregaba a toda clase de diversiones. Al fin y al cabo, Baia no estaba tan aislada de Roma, como demuestra un hallazgo arqueológico submarino: la Via Herculanea, una calzada empedrada que, a lo largo de la costa hoy sumergida, llevaba a la ciudad de Puteoli (Pozzuoli), entonces el mayor puerto comercial de Roma para todo tipo de mercancías, pero sobre todo para el trigo destinado a alimentar a la gran metrópoli.
Nerón quiso construir además un canal que uniera la zona de Baia con Roma para proteger el tráfico de mercancías de las tormentas en el mar. Las obras empezaron, pero el proyecto pronto se consideró demasiado ambicioso y se abandonó. La megalomanía del emperador alarmó a la clase dirigente de Roma, y Nerón, que deseaba mantenerse lo más lejos posible de ella, se quedaba en Baia durante períodos cada vez más largos, a menudo en compañía de un amigo, Cayo Calpurnio Pisón, hombre rico y mecenas de las artes, dueño de la villa más bella de Baia.
El lugar donde se alzaba la villa se identificó gracias a una tubería de agua con su nombre. Tenía un enorme jardín, dos complejos termales, viveros de peces y un embarcadero privado, lo que indica que la villa estaba justo frente al mar. Entre los muros de esta villa se ideó el plan para asesinar a Nerón y proclamar emperador a Pisón. En Baia, Nerón se sentía tan a gusto que a menudo iba solo y sin escolta, exponiéndose así a posibles atentados. Sin embargo, según cuentan los textos antiguos, en el último momento Pisón se negó a que el crimen se cometiera en su casa; cuando Nerón descubrió la conjura, le ordenó suicidarse. También fue aquí, en Baia, donde Nerón había hecho matar a su madre, Agripina, seis años antes. La invitó como huésped de honor a un suntuoso banquete y, al final, la acompañó al embarcadero donde la esperaba una barca que había hecho manipular para que se hundiera. Ya en el mar, la barca se hundió, pero Agripina se salvó nadando y fue recogida por unos pescadores. Volvió entonces a su villa, y Nerón ordenó a sus soldados que la mataran.
El fin de Baia
Situada en la zona volcánica de los Campos Flégreos, con unos veinticuatro cráteres, entre ellos la Solfatara, Baia encontró su fin a causa del bradisismo, un fenómeno que hace emerger o hundirse la corteza terrestre por la presión del magma y de los gases subterráneos que mueven el suelo. Es lo que ocurrió a partir del siglo IV d. C., coincidiendo con el ocaso del Imperio romano: las cámaras subterráneas de roca fundida y gas se vaciaron y la superficie se hundió varios metros. La mitad de la ciudad quedó bajo el agua, donde permaneció olvidada durante 1500 años. Con el tiempo, el movimiento del suelo ha ido acercando de nuevo Baia a la superficie del agua.
Los pescadores siempre supieron que algo se escondía en el fondo del mar, pero solo después de la guerra, con las fotografías aéreas, se empezó a intuir la extensión de esta zona arqueológica. Hubo que esperar a los años ochenta para la primera excavación arqueológica submarina, la que sacó a la luz el ninfeo imperial. Todavía hoy equipos de arqueólogos trabajan en los restos sumergidos, vigilan su estado de conservación, consolidan las estructuras, las protegen del deterioro y reconstruyen un mapa detallado de cómo debía de ser la ciudad en su época de esplendor.

Si visitas el golfo de Nápoles y sus extraordinarias bellezas y practicas el buceo, no puedes perderte una visita a este maravilloso y sugerente parque arqueológico, único en el mundo, acompañado por uno de los centros de buceo autorizados por el Parque Arqueológico de los Campos Flégreos.